Madrid, España
viernes, noviembre 24, 2017


Ésta es una entrada rápida para enseñaros algunas fotografías que hice en Madrid nos escapamos brevemente este verano. A Pat le encanta mi ciudad y yo, obviamente orgullosa, quise enseñarle las partes más bonitas de ella. Aunque toda ella es preciosa, la verdad. (Decidme que no).

Era la segunda vez que íbamos y la primera ya habíamos hecho turismo. Así que en esta ocasión, que no llovía, decidimos comer bien, tomarnos algo sentados en una terraza de Tirso de Molina y pasear por Gran vía de noche. 

Pude probar por fin el helado de La Pecería, en Malasaña, ver a Alberto que habían pasado eones desde la última vez y comer en un restaurante gallego moderno en La Latina unas croquetas de boletus que, dadme cien por favor. Además eran las fiestas de La Paloma que por motivos de la vida siempre me las había perdido y esta vez pude verlas.

Paseamos por Huertas una vez más soñando con alquilar algún día un piso allí ya que es el barrio que más nos gusta a los dos. Nos sentamos en la Plaza Mayor, lugar mítico sobre todo en Navidades con tanta historia bajo sus piedras que me hace temblar.

Madrid es mi ciudad, mi niña mimada y sé que algún día no muy lejano volverá a tenerme entre sus calles. Pero de momento me quedo aquí, en la cálida Valencia, donde los inviernos son más amables y su ritmo, más lento.


Jardin Botanico, Carrer de Quart, 80, 46008 València, Valencia, España


Esta entrada está fotografiada casi entera bajo los ojos de Pat, que de vez en cuando le obligo a coger la cámara y hacer alguna trastada. ¡Aunque en realidad no solo eso! Como a él también le encanta hacer vídeo, la idea original era grabar algo y desperezar la creatividad en el Jardín Botánico de Valencia. Y de paso surgieron algunas fotos que, para qué voy a negarlo, me gustaron mucho ya que no estoy nada acostumbrada a ponerme delante de la cámara. Tengo... ¿fotofobia de réflex? O de foto medio seria. No sé expresarlo. El caso es que siempre salgo con cara de estar muriendo por dentro y, en fin, es algo que tengo que asumir y ya. Pero de vez en cuando salen fotos preciosas como estas y ay. 

Me encantan los jardines botánicos de todas las ciudades. Desde que empecé en la fotografía me he sentido más cómoda rodeada de naturaleza que de ciudad a la hora de trabajar y estos lugares mezclan ambos para dar resultados muy especiales.

Me encantó la experiencia y que fuese él quien me llevase de la mano para crear algo tan artístico. ¡Así que os dejo con el vídeo y las fotos! 

¡Decidme si os ha gustado!






Granada, España


Una de las cosas que tengo pendiente es visitar mi propio país. Me encanta salir fuera y conocer otras culturas, países y ciudades en las que todo es nuevo y el idioma te esquiva porque no puedes entenderlo; esa paz mental al dejar de escuchar ruido residual de conversaciones que no son la tuya. Pero cada vez más miro hacia dentro de las fronteras del país que me vio nacer y tengo más y más curiosidad por conocer sus ciudades, sus contrastes, sus diferencias. Porque aunque hablemos la misma lengua y podamos considerarnos vecinos, venirme a vivir a una ciudad diferente me ha hecho darme cuenta de las grandes diferencias que tenemos entre comunidades, climas y mares.

Así que cuando surgió este viaje express e inesperado a Granada, mezcla de ciudad árabe y cristiana por excelencia el corazón me dio un vuelco porque no había si no escuchado cosa buenas de ellas. Y tengo que decir que todo lo que escuché fue poco para lo que sentí cuando aparecí allí.

Os cuento un poco; fuimos en coche un fin de semana sin hotel, sin lugar para dormir, sin planes. Simplemente ir allí, visitar la ciudad, dormir en el coche y volver porque podíamos hacerlo, así de simple. Tras cruzar la Comunidad Valencia y Murcia, entramos en Andalucía y lo primero que me impresionó fue Sierra Nevada. Esa montaña inmensa, grande hasta donde alcanzaba la vista. Nosotros teníamos calor porque entraba Mayo en el calendario y sin embargo allí estaba ella, toda llena de nieve. ¿Cómo dos estaciones tan diferentes podían convivir en el mismo plano de existencia? Era sobrecogedor, y preciosa. Y nos quedamos embobados mirándola hasta dejarla atrás para entrar en la ciudad.

Tengo que seros sincera, al principio, a las afueras, parecía una ciudad completamente común y residencial. Casi me decepcionó... hasta que aparcamos y fuimos andando al centro. Por suerte, Pat ya conocía sus calles, sus monumentos y los mejores sitios para impresionarnos y lo consiguió. ¡De sobra!

Las calles estrechas del mercado árabe me atraparon y pasé allí horas entre los dos días que estuvimos, los jardines de la Alhambra y todo el parque que baja de ella, el barrio de Albaycín tan maravilloso, antiguo, llena de rincones y de sitios especiales como la tetería que encontramos frente al museo de la Tortura (si, ¿quién lo iba a decir?). Fue una absoluta sorpresa ya que simplemente queríamos ir al baño y nos encontramos un rincón árabe con una terraza secreta con vistas a la Alhambra. No dejéis de visitarla si pasáis por allí, por favor, es indispensabe. Pedí un té de rosas que me supo a gloria. La belleza y el secretismo del sitio hacían que supiera mejor, sin duda.

Me encantó la catedral, las calles empedradas, los edificios árabes restaurados para poder verlos mejor por dentro... pero sobre todo, ¡las tapas! Es algo "típico" en Madrid pero ni se asemeja a las tapas de Granada. Otro sitio indispensable es Ávila II, un pequeño bar donde comes de pie porque nunca hay sitio y donde, por 2.50€ te ponían un vino o cerveza (o gazpacho, cómo no) y un plato de lo que quieras que los de la abuela se quedan cortos. Salías comido y bebido para el tiempo que pasases allí y yo doy fe porque no podíamos ni movernos. ¡Qué maravilla!

La experiencia de dormir en el coche, tapando las ventanillas con mantas y camisetas fue divertida, la verdad. Pero sobre todo, compartir ese viaje con esas personas fue lo más maravilloso de todo.

Id a ver Granada. Os enamoraréis como lo hice yo.



Valencia, España
lunes, enero 30, 2017




Hoy he visto amanecer. Y éste ha sido exactamente igual que aquel de verano, hace ya años. La misma noche, el mismo amanecer en el que me rompieron el corazón por primera vez. Hoy la recuerdo con cariño, con nostalgia, sin ningún rencor. ¿Os acordáis? Fue en aquel viaje que hicimos todos por primera y última vez. Aquí, al mismo lugar en el que, incontables días después, vivo yo. Muchos teníamos apenas 18 años, otros 19. Quizá hubiera alguien de 20. Unos con más experiencia y otros, como yo, empezábamos a vivirlo todo. 

Lo que más recuerdo eran nuestras ganas, las risas que nos acompañaron todo el viaje, ese brillo en la mirada y el hambre de conquistar el mundo que nos bullía por dentro. Cada segundo era nuestro; nos pertenecía. Todo se movía a nuestro ritmo, se colocaba a nuestros pasos, con cada cambio de marcha y mirada por el retrovisor nos hacíamos mil promesas que creíamos que durarían siempre. Para nosotros, lo duraron. Duraron nuestro infinito. Eso solíamos decirlo Alberto y yo, "mientras dure, es infinito". Éso éramos nosotros. Un infinito suspendido en el último aliento de la adolescencia. Last Generation.

Y llegamos. Y como César, conquistamos lo que vimos. Allí donde se paraban nuestros ojos, poníamos la bandera y lo reclamábamos como premio por derecho propio. Y nos lo merecíamos. Lo que tuvimos fue precioso, todos nosotros.

Aún hoy, años después, no podré olvidarlo nunca. Lo llevo pegado, clavado en el corazón y en la memoria.

El caos, la confusión dentro de una casa demasiado pequeña para nuestra grandeza. Las comidas y las cenas, los momentos interminables en la terraza, eufóricos, incapaces de dormir para no perdernos un solo segundo, vencidos por el cansancio, el alcohol, el dolor en el pecho de tantas risas y promesas susurradas entre nosotros guardándolas como tesoros, hinchando nuestra enorme felicidad, las expectativas de la vida, nuestra amistad. Agarrábamos los "te quiero" al vuelo sin saber a quien iban dirigidos. No, perdón, a todos. Nos pertenecían a todos.

Fuimos tan felices, tan ligeros, tan grandes... Fuimos tan enteros, teniéndonos los unos a los otros en esa playa y ese amanecer.

Se me rompió el corazón, si. Pero no fue tan grave porque los tenía a ellos y, gracias a eso, pude recoger las piezas y volver a juntarlo. El primer intento, el primer tanteo de la vida, dándome otra oportunidad, diciéndome que no pasaba nada.

Pero si pasó. Aquella noche, aquel amanecer fue también el inicio del fin para todos nosotros. Nuestro "para siempre" se lo llevó la primera marea sin que nos diésemos cuenta, demasiado ocupados abrazados, con arena y sal en los pies. Todas las cosas tienen un punto álgido, un momento de tocar el cielo y luego, de nuevo, la caída. Quizá fuésemos demasiado jóvenes para verlo, para saber mantenerlo.

Se nos fue, como la tarde que sigue a la mañana y luego la noche y después un nuevo día y no has podido dormir así que no dejas ir al ayer hasta que duermes y luego te despiertas perdido sin saber en que momento estás o cómo pondrás en orden tu vida de nuevo.

Pero yo, acordándome de aquel viaje vuelvo a ser feliz como entonces por un instante y sonrío, satisfecha, infinitamente agradecida de haber podido vivirlo.